Capítulo 1

 

La dejó sola en la cama porque siempre se dormía al final y Mia odiaba el calor y el sudor que las envolvía cuando estaban allí desnudas, así que se alejaba de ella en cuanto se derrumbaba sobre el colchón. Se excusaba con un cigarrillo en la boca y la otra estaba demasiado cansada para pedirle que se tumbara a su lado. Mia prefería que el frío de la noche destemplara su cuerpo mientras daba un par de caladas a un cigarrillo.

Desde la altura, observó la calle y a sus habitantes —un vagabundo que venía a buscar fortuna en el contenedor de basura, dos chicas que no podían caminar en línea recta y necesitaban más diversión, tres ratas que sentían mayor valentía en la madrugada y un coche policial que cruzó en silencio y se perdió al final de la carretera— hasta que el cigarro se consumió. Abandonó el balcón y se aventuró al interior de la vivienda en busca de su ropa.

El piso de Ashia era diminuto. Solo necesitaba un par de pasos para llegar a la cocina desde la habitación y lo mismo desde allí hasta la sala de estar. Así que apenas tardó un minuto en recoger todas las prendas de ropa que tres horas atrás habían sido arrancadas de su cuerpo. Se vistió observando de reojo su figura reflejada en un espejo: su pose encorvada, los tatuajes del cuello, brazos y muslo derecho, el cabello de color negro que le caía revuelto sobre los hombros, el septum y labret que le adornaban la cara… Cuando se colocó la chaqueta, una jaqueca se retorció dentro de su cabeza. Mia se apoyó en la pared y cerró los ojos. Se sujetó las sienes mientras la embestía otra punzada de dolor.

—Joder —murmuró.

Cada vez eran más fuertes. No podía seguir retrasando el encargo de Aela Keogh, tenía que finalizarlo ese mismo día si era posible. El corazón le retumbó en el pecho como un tambor.

—¿Mia?

Levantó la cabeza cuando escuchó su voz. Ashia se había sentado sobre la cama y la piel negra resaltaba sobre el blanco de las sábanas que se le enredaban por las piernas.

—¿A dónde vas? —dijo mientras buscaba su teléfono móvil en la mesilla de noche. La pantalla le iluminó el rostro y los rizos de la cabeza—. Son las cuatro de la mañana.

Ashia se pasó una mano por las hebras de pelo que le caían sobre la cara, desde la parte más negra hasta las puntas decoloradas, sin apartar los ojos de Mia.

—Tengo una reunión temprano.

El rostro de Ashia volvió a fundirse con la oscuridad y lanzó el móvil a la cama antes de volver a acostarse.

—Con Aela Keogh, ¿no?

—Sí.

Ashia se mantuvo en silencio. Al otro lado de la estancia, Mia observó cómo tiró de las sábanas y cubrió su desnudez.

—Al menos me alegra saber que no estabas muerta —dijo de pronto.

Mia tuvo el impulso de acercarse hacia la cama, pero no lo hizo. Se quedó de pie, en el mismo lugar, y solo fue capaz de mover la cabeza hacia cualquier otra parte donde no pudiera ver a Ashia.

—Estaré bien —dijo en su lugar—. En unos días volveré.

—Ya.

No se molestó por el tono irónico de la respuesta de Ashia, no fue necesario preguntar para saber que la última vez que se vieron hizo una promesa parecida. Mia no se percató de que había pasado un mes desde entonces. Desde hacía mucho tiempo un muro invisible se empeñaba en separarlas. Existía un acuerdo tácito de no invadir la intimidad ajena, pero ninguna conocía las condiciones pactadas ni cuándo acordaron nada. Los silencios incómodos eran cada vez más familiares y solo parecían entenderse en la cama.

Mia salió del piso. Las escaleras del rellano estaban sumidas en una oscuridad férrea, pero conocía de memoria cada paso hasta la salida. Ashia vivía en la cuarta planta. No había ascensor y a Mia no le sorprendería si aquel edificio no tenía más habitantes que ella. A veces creía que era un refugio y otras veces le daba igual. Sus visitas siempre fueron fugaces y la mitad de ellas estaba demasiado ebria para prestar atención a los detalles. Esa fue la primera noche que escuchó el tintineo de unas cadenas al pasar por delante de la puerta del 2ºA. Quizá Ashia no vivía sola en aquel esqueleto de cemento, después de todo.

Cuando puso un pie en el portal, se encendió un cigarro. La urgencia de llevar a cabo el encargo de Aela Keogh por culpa de las jaquecas, que arremetían con tanta insistencia, le hacía pensar en el alcohol. Sustituir un vicio por otro. Al menos no terminaba inconsciente en cualquier rincón asqueroso.

Lanzó la colilla al asfalto cuando levantó la mano para llamar a un taxi que cruzaba por allí. El insomnio de la ciudad era una de sus mayores ventajas, no era difícil conseguir un taxi, ni siquiera si vivías en el extrarradio. Se subió a la parte trasera del vehículo y fue consciente de un pánico que le subió por el estómago y se le enroscó en la garganta.

—¿A dónde? —Mia observó al hombre con bigote gris a través del espejo retrovisor y tragó el molesto nudo de emociones que la atormentaba—. ¿Me escuchó?

—Hacia las barriadas. Donde la plaza.

El hombre suspiró mientras ponía el coche en marcha. Debía conducir hacia el otro extremo de la ciudad, aunque estaba de suerte, sobre aquella solitaria hora solo tardarían alrededor de veinte minutos en llegar.

Durante el trayecto, otra jaqueca quiso exprimirle el cerebro a Mia y la ansiedad no dejaba de apuñalarle el pecho.